El régimen magnético

limadurasImaginamos un buen montón de limaduras de hierro. Al acercar un imán a ellas, como es sabido, serán atraídas a sus polos, elevándose y pegándose a ellos, empezando con las más cercanas. Una vez que los polos se llenan de limaduras, su masa entorpecerá la atracción sobre las que aún no han logrado elevarse, reduciéndola y provocando que ya no tenga fuerza suficiente para levantar todas las limaduras, con lo que la mayoría de ellas se quedarán debajo, en el montón, incapaces de elevarse y sumarse al polo que las atrae, aunque irremisiblemente sujetas a su atracción, tan alteradas como impedidas.

Supongo que se ve claramente el símil: las limaduras somos las personas, en nuestra situación de partida, caótica, como los bichos, el imán es el capitalismo, el parlamentarismo, las élites, el puesto de trabajo o como queramos llamarlo, y la atracción que este contubernio ejerce sobre las personas es el dinero y sus derivados, el glamour, la fama, la propiedad privada… La aparición o invención de este elemento atrayente, altera nuestras propiedades y nos hace comportarnos de forma extraña, impensable, radicalmente distinta a la de partida. Nos olvidamos del agradable caos en el que nos hayábamos inmersos junto a nuestros semejantes, y nos organizamos para elevarnos cuanto antes sobre ellos, superponiendo capas ordenadas alrededor del polo de atracción: las élites, pegadas al metal magnético, que no caerán jamás, los “emprendedores”, los curas, policías y toda esa fauna, los ciudadanos o clase media, hasta llegar a las limaduras más alejadas, que apenas reciben suficiente atracción para sujetarse, la justa para superar el peso de sus hipotecas que las empuja al abismo. Estas alteraciones, además, no provocan un efecto únicamente pasivo; la exposición a la atracción magnética del dinero magnetiza a las propias personas-limaduras, haciendo que sean ellas mismas las que atraigan a  otras, y provocando que el imán/dinero y la limadura/persona lleguen a ser con el tiempo y de alguna manera la misma cosa.

Esta atracción inevitable, la llamada del capitalismo, que sufrimos en mayor o menor medida todos los seres humanos, es gradual, programable. Cuando aumenta, la cantidad de personas que atrae se incrementa, formando enormes aglomeraciones en los polos, perfectamente clasificadas por su proximidad al núcleo del capital, de mayor a menor. Cuando decrece, las personas más alejadas pierden sus vínculos con el capital -su dinero- y caen, regresando al montón,  aunque diferentes, alteradas, incapaces de comportarse como lo hacían antes de elevarse al polo de atracción, de hacer esas cosas distintas que ya hemos olvidado cómo eran, pues la atracción del dinero, como razono, ha trastocado ya completamente nuestra consciencia. Es importante señalar que por mucho que esta atracción se incremente, por mucho dinero que haya, nunca será suficiente para levantar a todas las personas, pues aunque la atracción aumente el tamaño del imán no lo hace, ofreciendo una superficie de atracción limitada en cada uno de sus polos, con lo que siempre habrá un buen montón de excluídos, atraidos por el engaño pero sin capacidad alguna de tomarlo. Incluso aunque así fuese, aunque el capitalismo pudiese ofrecer un lugar a todas las personas, habilitando un mínimo de dinero -una renta mínima- capaz de incluír en su imán a todos los seres humanos, el comportamiento ante la estructura del engaño no podría alterarse, es decir, la disposición en la que los seres humanos nos congregamos en torno al capitalismo siempre es la misma, de mayor a menor, de las élites a los parias, esto no hay forma alguna de cambiarlo.

Ójala pudiera cerrar este artículo con un detallado manual para quitar de una vez de ahí arriba ese maldito imán, ese Leviatán que nos atrae inevitablemente. Ojalá supiese cómo lograr que los seres humanos nos veamos al fin libres de esta insana atracción del dinero por el dinero, que nos altera completamente, haciéndonos sin lugar a dudas mucho peores de lo que éramos, algo que para mi no admite discusión relativista alguna. No lo se, pero si puedo deciros una cosa: hablamos a veces de conseguir más democracia, más herramientas, o incluso más trabajo o más dinero. Es un error, un error garrafal. Pueden entenderse las razones que llevan a muchas personas, a mi también, a pensar así, en mejoras o reformas de lo vigente, y actuar en consecuencia, promoviendo inciativas que palíen los efectos de la situación, y no pueden ponerse en duda las buenas intenciones de quienes lo intentamos, incapaces de mantenernos ajenos al sufrimiento, la desigualdad, y todo cuanto vemos a nuestro alrededor. Pero añadir -incrementando la atracción- no es el camino, sino quitar, eliminar elementos del Leviatán, logrando que decrezca su atracción sobre nosotros, o como mínimo sustituírlos por otros elementos cuya capacidad de atracción sea menor. No podemos añadir, hay que quitar, eliminar, suprimir, derribar poco a poco o mucho a mucho.

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