Yo sobreviví a una escuela católica

Yo sobreviví a una escuela católica. Fue una experiencia traumática que ha marcado mi vida. No guardo rencor a mis progenitores, que creyeron en su ignorancia que lo mejor que podían hacer por mi era inculcarme unos valores que serían útiles en el trasncurso de mi vida y me harían mejor persona. Se equivocaron radicalmente. Nada más lejos de la realidad: el cristianismo ha limitado todas las facetas de mi vida, me ha hecho cobarde e inseguro, culpable sin lógica alguna, sumiso y conformista. Ha instaurado una valoración de mis congéneres, especialmente los del sexo opuesto, equivocada y absurda. Me ha hecho avergonzarme de mi desnudez y de mi mismo como persona, minimizando mi potencial y cada proyecto que llevo a cabo, como si no lo hubiera hecho yo, como si no fuera digno de su autoría, indigno de todo merecimiento. Los prejuicios que me ha impuesto me hacen ver el mundo desde un punto de vista que nada tiene que ver con el que desearía tener. Es como si me hubieran metido en una armadura, pesada e inmanejable, que limita mis sentidos, toda mi percepción del universo.

Mi espíritu, no obstante, es indomable, nada ni nadie ha conseguido jamás doblegarlo ni lo hará, es una característica innata, no puedo tolerar la autoridad, el nihilismo parece correr por mis venas en lugar de sangre. Ya en mi infancia, cuando aún no me había formado una idea exacta de lo que estaban intentado hacer conmigo, me rebelaba sin cesar durante las innumerables e interminables torturas a las que me sometían, esas torturas que ellos llaman misas. En estas sesiones insoportables me obligaban a permanecer en sllencio, sin moverme, obedeciendo como un autómata cada orden del maestro de ceremonias… nadie ha conseguido jamás semejante cosa contra mi voluntad ni lo hará, deberá matarme antes. Nunca, jamás pude terminar una sola de esas repugnantes ceremonias sin ser castigado, contra la pared primero, castigo físico después, hasta llegar a lo que buscaba aún inconscientemente: la expulsión del recinto. Pronto encontré medios de escabullirme, con otros valientes, y quedarme en el patio, fuera del alcance de esos curatos, jugando al balón o a las canicas, corriendo y diciendo palabrotas. Tras las escapadas, arreciaban los castigos, las humillaciones ante los compañeros, la culpabilidad, siempre la culpabilidad, estas pecando y vas a morir, y cuando la culpabilidad propia dejó de hacer efecto, la externa: haces daño a tu familia, a tus hermanos, vecinos, compañeros, a toda la humanidad, según ellos mi anhelo de libertad iba a condenarnos a todos… no hubo nada que hacer, pudieron con otros pero no conmigo, antes que volver a esa salvaje tortura me hubiera cortado las venas.

Sin embargo, era muy desgraciado. No conocía otra cosa que eso, y en mi interior me sentía culpable, todo mi entorno me empujaba a considerarme extraño, como si estuviese poseído, cosa que algún familiar empezaba a murmurar. De haber seguido así mi vida no me cabe duda que esta culpabilidad, sentirme tan diferente, salvaje e inmoral, creerme tan dañino para aquellos que quería, algo que ni mucho menos me enorgullecía entonces como ahora sino al contrario, me hubiera llevado al suicidio. Pero un día, en mi preadolescencia, olfateé algo extremadamente agradable, un olor que me parecía familiar, cercano y amable, en el humo que flotaba entre un círculo de muchachos de edades superiores a la mía. Me quedé mirando, saboreando aquel aroma exquisito con curiosidad y algo de miedo, hasta que uno de ellos, divertido, me pasó lo que estaban fumando. Con verdadero terror, pero impulsado por un valor inusual y para no hacer el ridículo, fumé, y tosí, pero vaya pedo me cogí, vaya risas, el mundo fue muy distinto aquel día. Todos esos temores infundidos artificialmente en mi personalidad se evaporaron de repente y por primera vez en mi vida me sentí tal y como soy, me encontré a mi mismo sin prejuicios, me sentí animado y fuerte, libre es la palabra. Gracias a aquellos amigos aprendí pronto que hay otra vida, la vida real, aprendí que uno puede rebelarse, es más, que debe rebelarse, imaginen que revelación para un rebelde innato como yo. Aquel día descubrí un mundo maravilloso que intentaban permaneciese oculto a mis ojos y que parece hecho a mi medida, todo es cuestionable, protestable, modificable, todo pide reconstruírse desde los cimientos.

Respecto a las creencias, obviamente, abracé el ateísmo como mi gran pasión, y el desenmascaramiento de la impostura religiosa una razón excelente para vivir, una causa primordial para luchar. No odio a los religiosos, no puedo hacerlo, me dan demasiada pena, pues no puedo evitar ponerme en su lugar. Tanto aquellos que engañados creen en su culpabilidad eterna como quienes les inculcan tal culpabilidad parecen hacerlo sin malicia, convencidos de que la armonía del mundo requiere la impostura religiosa, que nos hace dóciles y nos aborrega ante la autoridad, algo que consideran necesario. Pobre gente, qué equivocada está. Tamaño error requiere ser corregido, y toda religión erradicada, debemos ser constantes y decididos, pero no violentos, en esa tarea, no es mediante el odio como construiremos un mundo sin creencias, debemos ser más inteligentes, porque somos mucho mejores que ellos, somos seres libres.

Finalmente, en la mitad del camino de mi vida, quiero terminar con un recuerdo que aún me hace llorar cuando lo rememoro. Es lo primero que vino a mi mente en el día más feliz de mi vida, cuando vi nacer a mi primer hijo. En aquel momento sólo pensé una cosa, pensé que jamás mientras yo viviese permitiría que nadie jodiese un sólo átomo de su mente, que jamás haría nada que pusiera en peligro lo más preciado de todas las maravillas que aquella vida que mi compañera y yo acabábamos de traer al mundo llevaba dentro de sí: su libertad.

Anuncios

4 Respuestas a “Yo sobreviví a una escuela católica

  1. Pablo Krauser 4 enero, 2012 en 5:56 am

    Sin dudas las escuelas catolicas dejan mucho para decir.. lobos con piel de oveja. Lamentable.
    Viva la libertad!

    • miloren 5 enero, 2012 en 12:32 am

      Que viva por siempre!

  2. cegeste emeté 6 enero, 2012 en 12:20 am

    Pues muy bien, miloren. Aunque parece que no seas feliz y sigas recordando con amargura y resquemor aquellos tiernos años. Nada chico, que te mejores y mucha suerte. Pronto lo puedes conseguir, aunque el hecho de evocarlo y convivir con ello puede causar el efecto contrario. Se feliz y pasa de quien te hizo daño. Un saludo 😉

    • miloren 6 enero, 2012 en 3:12 pm

      Hola cegeste, bienvenido. El sentido del post es más el de difusión, en un sentido un tanto literario, menos literal, de las maldades de la educación católica, no me considero infeliz a pesar de haber sufrido esta sobrecarga de prejuicios en mi educación, sobre todo porque he conseguido liberarme en gran parte de muchos de ellos, casi todos, aunque pervivan en el fondo de mi disco duro. Supongo que me entiendes.
      Enhorabuena por tu iniciativa literaria, me gusta, os seguiré. Un abrazo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: