La libertad de conciencia

Las creencias de los seres humanos son un asunto de cada cuál mientras no violenten los Derechos Humanos. Estos Derechos y las normas específicas que en su consonancia rigen la sociedad en la que vive son valores que están por tanto por encima de toda creencia. Un ciudadano se debe, primero, a su civilización, a la sociedad que le acoge, a la comunidad de la que forma parte. Y debe por tanto conocer que existen estas normas, que por lo civil o por lo militar deberá respetar. Estas normas son únicas y comúnes, y un ciudadano se considera como tal sólo cuando las conoce y respeta, no estando obligado por la sociedad a creer en nada más.

Además de, nunca en lugar de, estas normas, los ciudadanos pueden si lo desean buscar otras razones, otros valores en los que creer, con mayor o menor firmeza. La sociedad debe acoger estos valores abiertamente, siendo sumamente positivos siempre y cuando, obviamente, no entren en conflicto con los valores propios de la comunidad. Porque es evidente que en el caso de que así no sea, si estos valores no estan en consonancia con los prioritarios, con el respeto por los DD.HH, la sociedad debe actuar firmemente para erradicarlos o estará en grave peligro.

También es obvio que la sociedad debe exigir de estas creencias el abandono del proselitismo, posibilitando a cada cual la libre elección en la medida de lo posible de la creencia que más le guste. Es lícito y recomendable que existan congregaciones que informen a quien allí quiera informarse, pero bastante menos razonable que visiten las casas, por ejemplo, tratando de ganar adeptos. Mucho menos razonable, incluso reprochable, es permitir a los iniciados que, con sus mejores intenciones, inculquen esa creencia en los seres humanos en formación, los niños.

Aún así resulta imposible evitar que una familia eduque a sus hijos desde su más tierna infancia en una creencia, tanto como evitar que lo hagan socio del Atleti. Estas creencias no agresivas deben por tanto convivir con la prioritaria. A cambio, cada una de estas creencias secundarias debe renunciar a inculcarse por la fuerza en grupos de ciudadanos o familias cuyas creencias sean distintas, no digamos a quienes elijan no creer nada más que en lo estrictamente necesario.

El pescadero cuyo pescado está cercano a su caducidad suele ser el que más grita las excelencias de sus productos. Por otro lado, nunca dejaríamos a nuestros hijos ir sólos a comprar a la lonja. El buen comprador es el adulto que escucha, observa y compara, y tiene el coraje de darse media vuelta y elegir ir a la carnicería si el género no le convence.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: