Libertad

Como mientras tantos preguntan, y no menos responden a su entera subjetividad, parece que finalmente nadie sepa qué cosa es la libertad. Libertad, palabra gastada hasta el hastío, a mi juicio aún lejos de la segunda más gastada: amor. Y sin embargo, atractiva, redonda, contemporánea… siempre a tono con los jóvenes, con todos quienes carentes de experiencia aún confían en sí mismos, en el potencial de su libertad.

Objetivamente un cuerpo es lo primero que obtenemos en la vida. Y no es poca cosa un cuerpo, chisme perfecto sobre todo si cuenta con un buen cerebro, una buena coordinación… pero la libertad para usarlo es la segunda, y no es tampoco cosa baladí. La libertad, en definición corta, es pues justo aquello que obtenemos cuando salimos reventados del vientre de nuestra madre y nos cortan el tubito. Recuerden como se estaba allí y lo que pasó de repente: eso es la libertad. A partir de entonces ese bien se convierte en nuestro único activo, en nuestro garante de existencia y razón. La única energía de la que disponemos para transformar y obtener lo que el mundo va a ofrecernos a cambio de ella, que ya empieza a hacerse necesario. No obtendremos nada más de la vida que nuestro cuerpo y la libertad para utilizarlo.

Creo que ha quedado suficientemente claro, pero adoro extenederme: lo primero que veremos en ese momento será a la madre, y la primera transacción libertaria se produce. Ella por su parte nos ofrece gran parte de su libertad transformada en amor materno, con todo lo que conlleva en alimentación, protección, entrenamiento, etcétera, y por eso claro que estamos nosotros dispuestos a pagar, renunciando por ejemplo a ir desnudos, algunos para siempre, cediendo en comer o cagar cómo y cuando a ella le de la gana, ejemplos algunos de esta transformación de nuestra libertad en amor fraterno, bueno, no exageremos; simplemente en obediencia. En esta etapa, a veces por la fuerza, se aprenden las condiciones sin leerlas, se calibra el valor de la mercancía, se toma el debido entrenamiento en el trueque constante que será tu vida.

Luego llegarán los otros niños, y casi todos ellos demandarán una parte de tu libertad a cambio de la correspondencia, o no tanto, de la suya propia, para que podáis con su suma realizar los mismos ritos de amistad de siempre con mayor o menor reciprocidad. Y con ellos la escuela, y los curas, bueno, no hablemos de los curas y sus desmesuradas facturas libertarias; mencionemos solamente que las deudas de libertad que con ellos se contraen e incluso las que ellos mismos en su fanatismo contraen no basta una vida en libertad para pagarlas.

Pero donde la definición de libertad se hace más patente es en la edad madura del individuo, en el matrimonio y en sus habituales consecuencias. No comentaré la obviedad que supone la recíproca renuncia a las libertades individuales que es la vida en pareja. Cada paso, cada decisión que dará en la vida costará una parte de nuestra libertad, ese preciado tesoro, que alcanzará facetas de transformación tan insospechadas como las que ofrece el abanico laboral. Para un gran literato serán años de estudio y esfuerzo para realizar su gran obra, mientras que un proletario pagará a plazos de 8 horas diarias, pero para ambos la sensación es la misma: frente a ellos se abre un gran pozo que abducirá la casi totalidad de su libertad y los devolverá al mismo sitio que estaban con lo necesario para poder levantarse suficientemente libres al día siguiente.

Así pues, parece que el hombre por desgracia nunca será libre del todo. Parece, porque no es menos cierto que, puesto en relieve el funcionamiento del mecanismo de la libertad, no resulta difícil forzarlo ligera o incluso moderadamente para lograr con ello ser “un poquito” más libre cada día ¿no? De hecho así es. A medida que el ser humano se acerca a su ancianidad la oferta de servicios a cambio de su libertad se hace más escasa, recuperando cada día gran parte de ella, a menudo más de lo que ese ser humano, desentrenado, sabe usar de golpe. Entonces, mas deprisa siempre de lo que esperábamos, viviremos una constante recuperación de nuestra libertad hasta la apoteosis final de la muerte, donde aspiraremos el último aliento restante para disponer de nuevo de toda nuestra libertad, al completo, sólo cuando de nada puede ya servirnos, claro.

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