El Auto de Garzón

No tengo a nadie, ningún familiar ni conocido, enterrado en una fosa común. Tampoco, creo, ninguno de mis familiares fue responsable de cepillarse o enterrar a nadie. A mi familia le tocó ser del bando constitucional, y algunos, como mi abuelo Lorenzo, murieron, pero están bien enterrados. Lo único que conozco por tanto es por los relatos de mis padres sobre los camiones cargados de desgraciados que llevaban al matadero y lo que he leído sobre el genocidio fascista en España, que provoca mi simpatía por quienes buscan a sus allegados tanto como mi repugnancia por los asesinos.

Como digo, entonces, el tema me toca de refilón. No tengo interés personal alguno en que se abran las fosas, tampoco en que se mantengan cerradas. El auto de Garzón no produce en mi una reedición de la guerra fraticida, como estoy oyendo por ahí. No, a mi esto no me da ganas de matar fascistas. Desconozco si a los fascistas sí les da ganas de matar demócratas, pero por amigos cuyos familiares estaban en el otro bando o se declaran enemigos de lo que significó la república se que tampoco, no, abiertamente declaran que esto les importan tanto como a mi, no se les reabre ninguna herida.

Es de suponer, claro, que quienes tienen intereses en ello sí se interesen. Siempre he defendido la aplicación de la democracia directa para la gestión política y social basada en centros de interés, si un tema no me interesa no voy a votarlo sin conocerlo, me fío de la decisión que tomen quienes sí se interesan por él. Y parece ser que quienes se interesan han decidido, de forma completamente legal, con juez por medio, iniciar un proceso de reconocimiento de víctimas y consiguiente apertura de las fosas del genocidio fascista en España. Pues por mí perfecto.

Pero hay que ver la que están armando algunos. Muy bien, supongo que, en este orden de intereses, estarán en su derecho a oponerse, tanto como quienes lo desean. Pero si los que lo desean, obviamente, son quienes tienen algo que ganar, dar adecuada sepultura a sus seres queridos, quienes se oponen evidencian, con la misma obviedad, que tienen algo que perder, algo que ocultar. Para mí está claro como el agua: ¿quién puede oponerse a esto? muy sencillo, aquel cuyos familiares o seres queridos, quizá incluso él mismo, participó de alguna forma en el genocidio y desea que estas responsabilidades continúen ocultas. Si no ¿de qué?

Y la cosa es que ahora, dado que he llegado a esta conclusión, resulta que sí que me empieza a importar. A mi y a supongo que a muchos más. Si se hubieran callado, apuesto a que pocos le hubieran dado importancia. Pero dado que hablan, que rebuznan, la cosa cobra interés. ¿Qué es lo que tienen que ocultar? ¿Acaso fueron muchos más de los que nos cuentan? ¿Acaso…? Vamos, vamos a verlo, venga.

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